Stefan Lutak

Recuerdo una pesada puerta de metal gris con ventanita rectangular. Íbamos entrando curiosos hacia la oscuridad de lo que parecía ser un bar. Era verano, pero había una serie de lucecitas navideñas colgando sobre la barra. En un rincón se encontraba un pequeño televisor blanco y negro incapaz de captar señal. La voz de Iggy Pop salía de la rockola, sin embargo no había nadie en los sillones ni en la barra, ni en los pasillos.
De la rojiza oscuridad surge un anciano pálido y ebrio que se tambalea mientras carga un par de cubetas llenas de botellas de cerveza. Su cabello súperblanco y abundante. Paso a paso, se aproxima cantando en rumano. El anciano sonríe al vernos y se pasa al otro lado de la barra.
Así fue mi primer encuentro con Stefan Lutak; lo ví caminando envuelto en un hedor a alcohol y orines, cantando antiguas canciones de Europa del este en medio de una húmeda noche de lunes.
Esa noche entraron unos cuantos clientes, una pareja extraviada se asomó curiosa y se internó por el pasillo hacia el espacio con sillones. En la barra, Stefan se sirvió a sí mismo tragos generosos de un licorcito contenido en una botella verde. Su voz era casi un susurro, me tenía que inclinar para escucharlo. El viejo bartender iba contando de cuando W.H. Auden y Trotsky vivían en esa cuadra. Stefan era la persona más ebria de todo el bar y aseguraba ser el personaje más viejo del barrio.
Entre cantos y tragos de licor, me emocioné viendo las fotos de los días en que jugaba en el Real Madrid. Platicó de cuando peleó en la guerra, de cómo emigró a Nueva York. Luego, se dirigía con calma hacia el televisor blanco y negro, le daba un golpecito, y el aparato lograba captar la señal de un partido.
Para cuando discutíamos sobre lo bien que jugaba Puskas, la música de Lou Reed sonó en la rockola y Stefan ya me estaba sirviendo cariñoso del licorcito contenido en la botella verde. La pareja extraviada se retiraba discretamente.
Entre cantos y más tragos, yo atendía conmovido las historias del antiguo Manhattan que Stefan me contaba, hasta que terminé por aburrirlo con mi respeto.
Luego a alguien se le ocurrió pedir una cerveza americana.
Entonces Stefan nos expulsó a todos entre insultos iracundos. Los pocos clientes se retiraron en silencio de la barra, de los sillones y de los pasillos. La serie de lucesitas navideñas se tambaleó cuando el anciano nos empujó desde el otro lado de la barra. Cruzamos asustados la pesada puerta gris de metal hacia las luces rojizas de la noche veraniega.
En la calle, me volví hacia la ventanita rectangular curioso, a través de ella alcancé a ver una vez más al viejo bartender dueño del Holiday Cocktail Lounge: Pálido, delgado y ebrio, con tranquilidad desconectaba el pequeño televisor blanco y negro. Luego colocó la botella verde junto con las demás botellas y se dispuso a apagar las luces.

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